martes, 22 de marzo de 2016

Homenaje a Antonio Campos

Hoy el IES Gran Vía de Alicante ha rendido homenaje a Antonio Campos. 


En un sencillo acto se ha recordado la figura de Antonio en todas sus vertientes. 

Antonio Campos desde lo alto de Torre de Reixes

Un emotivo homenaje a un hombre que se definía simplemente como formador.

Os dejo mi intervención en el acto:

Antonio Campos fue colaborador del blog con una serie de artículos sobre las "Torres y Fincas de la Huerta de Alicante".

Con Antonio me unía la pasión por las torres desde el día que en una ruta organizada por Alicante Cultura lo conocí. Desde ese momento compartimos fotos, historias y cualquier dato que caía en nuestras manos.

Pero para entender la labor desarrollada por Antonio hay que indicar la situación de las Torres de la Huerta y del entorno que las rodeaba.

En palabras de Antonio Machado: “Todo lo que se ignora, se desprecia”. La situación de las Torres de la Huerta era esa, ignoradas. Declaradas Bien de Interés Cultural y olvidadas al mismo tiempo. Como se quejaba amargamente Antonio ni siquiera aparecían en lo planos turísticos de la ciudad. Paseabas por la zona y no existía ni una placa informativa con datos de cada torre y, no hablemos ya, de indicaciones para poder localizarlas. Aunque eso era un problema menor en comparación con otro todavía mayor. El peligro de un urbanismo depredador dispuesto a aplastar cualquier vestigio cultural. Lamentablemente consiguió parcialmente su objetivo. Con un Plan Especial de Protección de las Torres de la Huerta que nunca llegó a aprobarse, hubo torres que desaparecieron, otras se arrinconaron y otras se empequeñecieron, es decir, se menospreció nuestro patrimonio y, por consiguiente, se nos menospreció a todos los alicantinos.

Esa era la penosa situación cuando Antonio empezó a realizar charlas y rutas para divulgar el valor de estas construcciones. Acompañó a todo el que se quiso acercar a conocer esta parte de nuestra cultura, siempre de forma altruista. Rutas organizadas por Alicante Cultura del Ayuntamiento, por el Museo Arqueológico, por la Universidad, por Alacant en Bici y por multitud de asociaciones, colegios e institutos.

Colaboró junto con Alacant en Bici y Plinthus en un proyecto para proponer al Ayuntamiento un Itinerario por las Torres de la Huerta y que además permitiese una movilidad comarcal. Se planteaba básicamente un recorrido y una señalética que permitiese conocer este patrimonio y recorrerlo de una manera segura tanto a pie como en bicicleta. Gracias a todos los grupos políticos fue aprobado por el Pleno del Ayuntamiento y se desarrolló en una gran parte. Todavía quedan temas pendientes, que esperamos que se desarrollen en un futuro próximo. Sin olvidar la posibilidad de establecer en la Torre Sarrió un Centro de Interpretación de las Torres de la Huerta y que llevase el nombre de Antonio Campos.

El trabajo de Antonio comienza a dar sus frutos, las Torres de la Huerta poco a poco están tomando el protagonismo que se merecen. Ya existe un itinerario, paneles informativos, señales indicadoras pero todavía queda un largo camino por recorrer aunque la senda ya está iniciada gracias a Antonio.

Para terminar, quiero agradecer al IES Gran Vía y a todas las personas que han hecho posible este homenaje.

Pero el verdadero homenaje a Antonio Campos no está aquí, está dentro de cada uno de nosotros. En lo que podamos hacer para defender nuestro patrimonio. En lo que podamos hacer por divulgar nuestra historia. Cada uno en la medida de sus posibilidades porque como decía Antonio: 

“Tota pedra fa paret”


Un gran número de asistentes

María José Cano, vicedirectora del instituto, abriendo el acto del homenaje

Palabras del director del instituto

Antigua compañera del instituto de Antonio

Antiguos alumnos

La familia de Antonio descubriendo la placa que figurará en la biblioteca

El Alcalde de Alicante dirigiendo unas palabras 

Antiguo compañero de Antonio

Antigua alumna de Antonio

Enric Aragonés de Alacant en Bici

Antonio colaboró con el AMPA de Mutxamel 

Txema Galán del MARQ

Victoria de Alicante Cultura 

Entrega de un ramo de flores

Sergio, hijo de Antonio Campos, dirigiendo unas palabras de agradecimiento

Entrada a la biblioteca del centro que llevará el nombre de Antonio Campos

Placa con su nombre en la entrada de la biblioteca

Placa con su nombre en la entrada de la biblioteca

Cuadro en el interior de la biblioteca

Biblioteca "Antonio Campos"

viernes, 20 de noviembre de 2015

Gigantes de Piedra

Hace un año se convocó por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Alicante el II Certamen de Narrativa Breve “Ciudad de Alicante”. El tema de esta edición giraba en torno a la Huerta: su Historia y sus Torres.

En junio se me comunicó que mi relato “Gigantes de Piedra” había resultado ganador de este certamen. Cumpliendo la premisa de las bases del certamen de no sobrepasar las 2.000 palabras, el hilo de la narración entrecruza el pasado y el presente de esta parte de nuestro patrimonio.

A la espera de su publicación por parte del Ayuntamiento de Alicante como se indica en las bases, he decidido compartirlo ya que está dedicado a la memoria de Antonio Campos y a su esfuerzo para que las Torres de la Huerta de Alicante ocupen el lugar que se merecen.

Espero que os guste.

Juan López Sala

Gigantes de Piedra


Puse la mano sobre la piedra y supe que mi vida iba a cambiar. Todavía rebotaban las palabras del viejo profesor en mi cabeza. Jubilado hacía unos años de una de esas profesiones que no admiten retiradas ni derrotas, uno lo es hasta el final y él era un claro ejemplo de ello.

El día había comenzado buscando una chaqueta en la mochila. Era una de esas mañanas de noviembre que invitan a protegerse de la pereza del termómetro por despertar. Después de las presentaciones de rigor, empezó el bombardeo de ubicaciones y nombres de sitios que íbamos a visitar. Todo empezó a darme vueltas. Tal cúmulo de información a esa hora de la madrugada para mí, para otros las 9 de la mañana, me sumió en una zozobra que me hizo preguntarme el porqué estaba allí. El recuerdo de pronto estalló en mi cabeza. El culpable lo tenía al lado, un amigo que estuvo a punto de dejar de serlo. Me había dicho que Alicante Cultura organizaba una ruta por las Torres de la Huerta y que podía ser interesante. Y allí estaba yo, intentando sobrevivir entre tantos nombres de torres: Boter, Águilas, Soto, Bosch, Ciprés... Sin darme cuenta me abracé a la tabla de salvación que se me ofrecía, el entusiasmo que transmitía el profesor que iba a ser nuestro guía, Antonio.

Avanzamos por un camino polvoriento, sigilosos, cansados, silenciosos. El capitán encabeza la columna. Sus gestos delatan su autoridad y su objetivo. Aprovechando la oscuridad de la noche habíamos desembarcado en la playa. El azar no jugaba esta mano. Todo lo susceptible de producir algún reflejo había sido oscurecido, envuelto, ennegrecido. Se trataba de evitar delatar a los guardas apostados en las atalayas de la costa lo que iba a suceder. A todos nos unía una obsesión, que la noche no se acabase por una almenara o toques de campana procedentes de alguna de las torres vigía, sobretodo de la más cercana, la del cabo de la Alcodra. La señal de rebato saltaría como un ascua. Propagaría el aviso a todas las torres refugio que jalonan la huerta, a las torres de defensa de Santa Faz y Mutxamel e incluso hasta a la ciudad de Alicante, que mandaría soldados a caballo para terminar con nuestro ataque y nuestras vidas.

Aquel día la fortuna era un compañero más y nadie tenía intención de ofenderla. Superado el primer escollo, temíamos que en cualquier instante apareciese un atajador. A la luz de un fuego, no había noche que no se contasen historias de incursiones frustradas por alguno de esos jinetes. Recorrían sendas y atajos para comprobar que todo estaba en orden y, en caso contrario, dar la señal de alarma. Esa misma noche hubiese jurado haber visto a más de uno. Cuando fijaba bien la mirada me daba cuenta que mi mente y mis temores evocaban figuras humanas en cualquier sombra que nos salía al paso. Un olivo se transformaba en un soldado a lomos de un caballo, una vid empuñaba una espada, un grupo de matorrales preparaba una emboscada…

Busqué en mi interior la fuerza necesaria para limpiar mi cabeza de todas esas imágenes y así evitar que mis piernas echasen a correr. Intenté concentrarme en las ganancias que íbamos a conseguir ese día. El plan era atacar todas las fincas que nos saliesen al paso con el fin de conseguir mercancías y esclavos. Sobretodo una, la marcada por un fanfarrón que trabajaba en esas tierras. Habló donde no debía de lo buena que había sido la cosecha. Lo que sus amos se habían enriquecido ese año y añadió, para rematar, que la casa de las grandes rejas era una de las más ricas de la huerta. Con ojos y oídos en todas partes, no resultó difícil que la noticia cruzase el Mediterráneo y nos arrastrase hasta allí.

Tras el recodo del camino apareció un grupo de personas. El impresionante gigante de piedra observó detenidamente como se le aproximaban como tantos habían hecho a lo largo de cuatro siglos. El esfuerzo de los propietarios de esas tierras, para salvaguardar sus vidas y las de sus labriegos, lo había construido. Piedra a piedra fue creciendo en altura, sillares para reforzar las esquinas, mampostería el resto y, para proteger la base, un talud que facilitaría la defensa. Posteriormente añadieron una gran casa. Su aspecto señorial lo engrandeció todavía más y unas impresionantes rejas en sus ventanas terminaron por dar nombre a la propiedad.

Todavía recordaba el primero de los ataques que había sufrido. Aquel día, los primeros rayos de sol no llegaron solos. El tañido de una campana cercana lo alarmó junto a toda la finca. 

— ¡Piratas! —alguien pronunció la palabra maldita.

Todos corrieron a buscar su refugio. Cada mañana, a esas horas, se sucedían bromas y risotadas entre los trabajadores y sus familias. Ese día enmudecieron. Uno a uno fueron pasando por la angosta puerta. El último la atrancó. No faltaba nadie, hubo suerte. Los golpes en la puerta se sucedían. Cada golpe aprisionaba un poco más el corazón de todos. No tuve conciencia del paso del tiempo, solo sé que terminó. La providencial llegada de las milicias desde la ciudad les hizo huir. Habían saqueado la finca pero no pudieron convertir en mercancía a hombres, mujeres y niños. 

Pasaron los años, las cosas cambiaron. Ya no tenía recuerdo cuándo se había producido el último ataque. Se habían ido espaciando en el tiempo hasta que simplemente se olvidaron. Ya no me necesitaban para refugiarse. Me convirtieron en granero, almacén, trastero… Tuve suerte, otras torres desaparecieron sin poder contar su historia, como si nunca hubiesen existido. Era un vestigio de otra época y otras gentes. Aunque de un tiempo a esta parte, la gente se me acerca con admiración y respeto. Me encanta escuchar sus comentarios cuando me ven y, de vez en cuando, hasta me fotografían.

—Es la Torre de Reixes, no hace falta que os diga porqué recibe ese nombre —comentó Antonio señalando los grandes ventanales de la casa adosada a la torre.

Unas impresionantes rejas enclaustraban y protegían sus ventanas. Todos los ojos se fijaron a la vez y todos descubrieron el escudo en la fachada. Inmediatamente se dio cuenta de lo que captaba nuestra atención. La experiencia de años en el arte de transmitir conocimientos le permitía anticiparse a nuestra curiosidad y satisfacerla. Era media mañana y nos había ganado a todos. Como un alquimista conocía la fórmula magistral para convertir la Historia en historia. Sí, con minúscula. La historia de la gente normal, la que vivía y moría en esas tierras, la que no sabía de grandes fastos ni riquezas, la que tenía miedo a las incursiones piratas, a las sequías, epidemias y mil penalidades más. 

—Se trata del escudo de la familia de los Talayero —siguió explicando Antonio—. Jaime Talayero Vallés fue propietario y capitán de las milicias que defendían la ciudad y su huerta de los ataques de los piratas berberiscos.

Así nos había ido comentando un sinfín de hechos y anécdotas en cada una de las torres que ya habíamos visitado. Intercalaba lo curioso con lo didáctico y de esta manera había tejido una telaraña que nos envolvía a todos. 

—La época de construcción de una torre se puede conocer por la forma de su base. Si es recta hablaríamos de la primera mitad del siglo XVI, si presenta talud sería de la segunda mitad, mientras que si tiene plinto sería del XVII —aclaró el profesor.

En ese momento encaminó sus pasos hacia la base de la torre y prosiguió su explicación. Seguramente esas palabras las habría repetido mil veces pero hacía que sonasen como si hubiesen nacido por primera vez y tuviesen como único destinatario a cada uno de nosotros. 

Sin esperarlo surgió la sorpresa. Podíamos visitar la torre. Un murmullo se extendió entre todos. El decirnos que podíamos entrar y el estar arriba de la torre fue todo uno. Convertida en restaurante hacía unos años, sus propietarios no ponían inconvenientes siempre que no interfiriera en sus quehaceres cotidianos.

La torre y la casa estaban restauradas. En los años cincuenta una radical transformación se había producido. El arquitecto Miguel López compró una vieja mansión dedicada a las labores agrícolas y la transformó en su residencia. Pero el espíritu que impregnaba la casa no se había perdido. En cada muro, en cada rincón, en cada peldaño, la casa seguía generando sosiego y paz.

—Al subir, estad atentos a la última planta de la torre —nos indicó el guía—. Fijaos en las paredes, están llenas de grafitis de barcos. Otras torres y casas también los tienen.

Atacamos el último tramo de escaleras y accedimos al exterior. El aire fresco penetró en mi cuerpo. Fue una sensación extraña. Era un aire cargado, antiguo, viciado. Como si alguien hubiese permanecido durante siglos respirándolo y, a la vez, vigilando el horizonte. Y como él escudriñé la vista que se me presentaba. Me fijé en el mar que nacía a la lejanía. Lo único que antes era un mar de agua, convertido ahora en un mar de ladrillos y cemento. 

Resuelta la dispersión que se había producido en el variopinto grupo, nos preparamos para el siguiente asalto, la Torre del Ciprés. Pisando asfalto, es lo que tiene el progreso, llegamos hasta ella. Nos esperaba. La belleza de su construcción eclipsaba la ruina y decadencia de la que estaba rodeada. A su lado, como fiel escudero una ermita. Alguno hubiese pensado que se empeñaban en competir por ver quién presentaba peor aspecto. 

—Dependiendo de la orientación del sol, hay veces que se puede ver en un sillar el año de construcción de la torre —indicó Antonio señalando la última hilera de sillares.


Treinta y pico pares de ojos se esforzaron por adivinar la cifra. Efectivamente, empezaron a aparecer, primero un 1, después un 5, seguido de un 6, para terminar con un 5. 

— ¡Papá! ¡Papá!, tiene 449 años — un repelente niño se apresuró a descubrirnos la edad de la torre.

Esa fue la última torre que visitamos. El hambre y el cansancio aceleraron la despedida. La desbandada fue general. En un abrir y cerrar de ojos ya no quedaba nadie. Me acerqué a uno de los sillares de la torre. Seguía inmutable con la responsabilidad de mantener en pie y vivo nuestro pasado. Quién sabe si lo haría eternamente. Al apoyar la mano noté por igual la frialdad de su superficie como el calor de su interior. Había acumulado tal gratitud de todos a los que había ayudado, que ahora ese mismo agradecimiento es el que transmitía a cualquiera que se acercase con afán de prestarle atención.

Y efectivamente mi vida cambió.


En memoria de Antonio Campos Pardillos, profesor de Historia y divulgador de las Torres de la Huerta de Alicante.

Autor: Juan López Sala

sábado, 13 de junio de 2015

Un paseo por el campo

Coincidencias que tiene la vida, tal día como hoy hace 147 años se publicaba un relato en la revista ilustrada “El Museo Universal”. Se narra un paseo por la Huerta de Alicante en el que se nos describe un paisaje irreconocible hoy en día. Es curioso lo que fue y lo que es pero siguen siendo algo nuestro.

Cabecera de la revista ilustrada "El Museo Universal" publicada el 13 de junio de 1868.

UN PASEO POR EL CAMPO

I.


(LA ESCENA PASA EN ALICANTE).

Eran las diez de la mañana de un hermoso día de primavera. Yo dormía con la mayor tranquilidad; sólo la imaginación, esa loca de la casa, como la ha llamado un filósofo, no descansaba ni poco ni mucho, y presentándome imágenes seductoras, me entretenía, al mismo tiempo que me desasosegaba. Una visión aérea, y vaporosa, compendio de todas las ilusiones de mi vida, resúmen de todas las perfecciones ideales por mí deseo imaginadas, pasaba y repasaba ante mis ojos en óptica ilusoria; y yo la seguía, la seguía, y no alcanzaba á tocar ni aun á la orla de sus vestidos. Pero, de pronto, una mano vino á posarse en mí hombro, y una emoción profunda se apoderó de mi espíritu, y un estremecimiento general se apoderó de mi cuerpo. 

Instintivamente fue mí mano en busca de aquella mano misteriosa...

Y abrí los ojos. La mano era de Manolo, antiguo criado de mí familia... Al verle, debí poner cara de vinagre, porque sonrió, y dijo con socarronería:

Las mañanitas de: abril
son muy dulces de dormir.

— ¡Pero, hombre de Dios! le contesté, si son dulces de dormir, ¿quién te manda dispertarme?

— Es que el señor R. está esperando en la sala...

Y no hubo remedio: me vestí, y salí á la sala á recibir la visita del señor R.


II.


— ¡Qué madrugón me haces dar con tu visita!

— ¡Ah, perezoso! ¿Con que madrugón? ¡Cuando hace ya mas de cuatro horas que el sol tiende sobre la tierra sus benéficos rayos! ¡Cuando mas de cuatro horas hace que la población entera se halla dedicadá á sus tareas habituales! El alto empleado, al frente de su oficina; el negociante, entregado á sus asuntos; el abogado, á sus pleitos; el médico; á sus enfermos, el jornalero...

Estornudé, con el sólo propósito de interrumpir al señorito R. Este caballero tiene la manía de los discursos, y sobre las cosas mas insignificantes, me larga unas peroratas de padre y muy señor mío.

— Vas á saber, me dijo variando de entonación, el objeto de mi visita. No ignoras que mi salud no es buena. El doctor que me asiste me tiene recomendado que dé á menudo largos paseos á caballo, y como no me gusta pasear sólo, vengo por tí para que me acompañes. Iremos á la huerta.

— ¡Pero, hombre! ¡Con un sol que derrite los sesos!

—¿Quién dijo sol?:..

Y me obligó á calzar las espuelas y empuñar el látigo. ¡Trapisondas por bondad!...


III.


Caballeros en dos magníficos potros cordobeses, atravesamos gallardamente y en silencio las calles de la población, satisfecho mi amigo R. de seguir las prescripciones de su médico, y yo, esperando con mansedumbre que llegase la hora de recibir los ataques de su celebrada elocuencia.

No se hicieron esperar mucho, sino que muy pronto comenzaron de la siguiente manera:

— ¿Nada te dicen, ¡oh, Antonio! estos sitios por donde ahora atravesamos? ¿Ningún recuerdo histórico evocan en tu memoria? ¿Ninguna impresión te hacen?

— ¿Qué impresión quieres que me hagan, le respondí, sitios que estoy habituado á ver diariamente? ¿Y qué recuerdo histórico han de traer á mi memoria? ¿Qué batallas se han dado en estos lugares? ¿Qué paces se firmaron? ¿Ni qué hombre célebre víó jamás en estos sitios la luz del día?

— ¡Oh, prosáico hombre vulgar! — me replicó, subido ya sobre la trípode de su oratoria. — ¿Y es posible que estas olas que se tienden sumisamente besando á nuestra derecha mano lo largo de nuestro camino, no aviven tu dormida imaginación y exalten tu corazón embotado? ¿No te hacen pensar en las famosas glorias nacionales que en este húmedo elemento han presenciado los siglos? ¿Es posible que no recuerdes aquellos tiempos en que, por ejemplo, el gran turco exigía de Venecia la posesión de la isla de Chipre, y la cristiandad amenazada se reunía bajo el mando del nunca bien poderado don Juan de Austria, y vencía al gran turco en el golfo de Lepanto? ¿Y es posible que no recuerdes tampoco aquella otra famosa batalla naval en que, si bien la marina española perdió para mucho tiempo su antiguo poderío, no por eso dejó de cubrirse de gloria inmarcesible?; ¿De aquel célebre combate en que ganó su inmortalidad el inolvidable Churruca, de Trafalgar, en fin, que...

— Pero, hijo de mi alma, le dije interrumpiéndole con voz respetuosa. ¿Por qué han de recordarme estos sitios todas esas cosas que dices, sí esas cosas han pasado lo menos á quinientas leguas de distancia de ellos?

— ¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios! esclamó el señorito R., llevándose las manos á la cabeza. Nunca creí que fueses, ¡oh, mortal cabezudo! de entendimiento tan romo. Ven aquí, alma de cántaro, cosechero de olvido para nuestras glorias nacionales, portento de insensibilidad histórica. ¿No pasaron en el mar los hechos que he referido?... Pues bien, gran majadero: todo es la misma agua!

— ¡Ah!!: murmuré yo, mientras él continuaba impávido:

— Pero sí eres de tan limitada, inteligencia que no ves ó no quieres ver sí no lo que está al alcance de tus narices , levanta la vista hácia el siniestro lado y mira esa hilera de casas de construcción reciente, y sobre ella repara en ese gigante de piedra que se levanta, coronada la cabeza de mortíferos bronces. Hablo del castillo de Santa Bárbara, á cuyos pies se reclina Alicante como sultana soñolienta. ¿Tampoco este castillo dice nada á tu imaginación?...

Vista de Alicante y Castillo de Santa Bárbara
(El Museo Universal, 27 de junio de 1868)
Cuando el siglo XVII se despedía del mundo, dejando espedito el paso al XVIII, moría en el solio español el último vástago de la casa de Austria, el rey Cárlos II, conocido por el sobrenombre de Hechizado: entonces fue cuando la célebre guerra de Sucesión tuvo principio, y turbó durante largo tiempo la tranquilidad de. España.

Sentía yo el mismo sueño que me acometía en las áulas; pero mí elocuente amigo no paraba mientes en ello, y seguía su oración con tanta seriedad como si un atento y numeroso auditorio le escuchase.

— Esto castillo que ves fue uno de los puntos en donde los partidarios del archiduque tuvieron por mas tiempo enhiesta su bandera; Asfeld, que mandaba las tropas borbónicas destinadas á combatirle, empleó en vano muchos meses para conseguir su rendición; hízose estallar una mina que mermó sus fortificaciones y ocasionó grandes desgracias ; y sin embargo , sus defensores continuaron aun heróicamente luchando por una causa, que era ya causa perdida : sólo cuando se presentó en el puerto para socorrerles una escuadra inglesa, consintieron en capitular, porque entonces les era fácil hacerlo dignamente. Considera cuán heróica no fue la conducta de aquellos denodados guerreros: oirían sin duda el ruido de la piqueta que minaba el terreno debajo de sus pies, sabrían perfectamente quizás que de un momento á otro la esplosion iba á arrojarlos por los aires, y á pesar de todo, esperaron enérgicos el tremendo instante, arrostrando todas sus horribles consecuencias.

Lo que yo consideraba era que todo cuanto narrando estaba el señorito R. me lo sabia ya antes de que él me lo dijese, y mientras hacia yo esta consideración para mis adentros y mientras que él hacia las suyas en voz alta, el buen paso de nuestros caballos nos hizo dejar prontamente á nuestras espaldas la población y el castillo, y en pocos minutos nos encontramos en el sitio llamado de la Cruz de Piedra, en donde hicimos alto para disfrutar un momento del agradable vientecillo que por allí corría , y para admirar el magnífico panorama que se presentaba á nuestros ojos.

— ¿Ves, dijo mi compañero, eso deliciosísimo valle que alegra ahora nuestra vista, todo cubierto de hermosa vegetación, sembrado aquí y allá de lujosas quintas de recreo, limitado de una parte por el mar Mediterráneo y de las otras por esa serie de montañas , derivada de una cordillera de tercer órden que arranca de las sierras de Cuenca , y en cuya serie de montañas el monte llamado de Cabezó (que es aquel que por el izquierdo lado sobresale), es famoso por su celebrada cueva?... Pues bien: ese valle ameno y afortunado es la huerta de Alicante.

Vista panorámica de la Huerta de Alicante
(El Museo Universal, 13 de junio de 1868)

— ¡Lo que sabe este chico! pensé yo en el colmo de la admiración, y di un latigazo á mi caballo para adelantarme algún tanto; pero mi queridísimo amigo hizo lo mismo con el suyo, y acercándose á mí todo cuanto le fue posible, empezó á dejar caer en mis oídos la siguiente lluvia de palabras:

— Esta huerta ha merecido la honra inestimable de que un escritor distinguidísimo , cuyo nombre he olvidado , la llamase Jardín de las Hespérides. Es tal su belleza, que el aristócrata, el banquero, el funcionario público, todos, en fin, buscan en ella en la estación canicular, frescas brisas indispensables para mitigar los calores del estío y útil esparcimiento para el ánimo, fatigado de los negocios del mundo. Nada hay verdaderamente que sea tan pintoresco como estos caprichosos jardines, hermoseados por la mas rica variedad de plantas. Alzanse aquí la violeta y la rosa, compitiendo en olores con el heliotropo, la magnolia, el clavel del poeta y el de los pétalos de color de sangre; dispútanse las preparadas artificiales grutas para adornarlas de vistosos pabellones, la pasionaria que tiende amorosa sus zarcillos , el asiático jazmín de delicadísima fragancia, la hiedra trepadora , y la madre-selva tan agradable á la vista ; y ostentan su hoja estipulada el pensamiento, y sus llores la verbena, y la trinitaria , Anemone hepática luciendo además sus variadísimos colores, el geranio, la camelia, la viola odorata, la acacia, emblema de amor platónico, y la siempreviva, Xeranthenum annum; mientras que en medio de todo esto, se levanta como satisfecho de verse rodeado de tanta hermosura, el frondoso laurel, Dafne, preciada corona de los poetas.

¿Oh prodigio de erudición! ¡Oh memoria portentosa! Y no paraba, sino que seguía diciendo reposadamente para que no perdiese yo ni una sóla de sus palabras:

— Y no creas que sólo los vegetales agradables al olfato y á la vista crecen en estos sitios; los útiles en otros conceptos abundan mayormente: mira sino los campos de verduras que nos rodean, y repara en ellos, la vid, que dá origen a la variedad Alicantia, y repara también la avena, y la cebada, y el famosísimo Medicago sativa (Lin.) alfalfa en castellano. Además, cultívanse el colorado pimiento y su consocio el tomate, caballero originario de la América meridional; y la zanahoria, y la alcahofa, Cynare scalymus, y el melon, y el pepino, y la sandia, Cucurbita estrullas, regaladísimo plato. — ¿Y qué diré de los árboles que levantan sus copas orgullosas sobre todo cuanto ya dejo mencionado? Figúrate que junto al plátano se eleva aquí la palmera, señora de los oásis; y al lado de estos el cerezo, traido á Europa por Lúculo después de la conquista del Ponto; el olivo, símbolo de la paz, dedicado por los antiguos á Minerva; el ciruelo, el almez, el almendro, Amigdalus communis, el melocotón, el berberisco granado, Punica granatum, el manzano, el peral, Sorbus pyrus, el acerolo, el limonero, el naranjo, la higuera, el albaricoquero, el morall, el algarrobo…

— ¡Por María Santísima! esclamé yo, asustado ante aquel aluvion de nombres que se me había venido encima, ¿piensas acabar hoy ó mañana?

— No era mi propósito, contestó el señor R., sino enumerar lo que ya dejo; y no me proponía estenderme mas por la sóla razón de que no me gusta incurrir en equivocaciones. Es cosa dificilísima el encontrar en la práctica la verdadera correspondencia de las plantas que los naturalistas describen, que estos señores siguen un método tal que á veces es imposible entenderse; y de aquí el gran papel que se han visto obligados á dar á la sinonimia, tan grande, que la Historia Natural, pudiera, á mi entender, ser llamada ciencia de las sinónimos.

Bendecía yo las dificultades del método de los naturalistas que había cortado el paso á la oratoria de mi amigo, pero me pareció que después de la pomposa descripción que de la huerta de Alicante me había hecho, debía yo corresponderé de algún modo, mostrándole mi agradecimiento; así fue, que poniéndome todo lo mas serio que pude, le hablé de esta manera.

— Quisiera yo, ¡oh digno émulo de Plinio, de Linneo y de Buffon, tener grande influjo en altas regiones, porque pediría para tí un diploma de catedrático por lo menos! ¡Oh, qué facundia la tuya! Ni Cicerón, ni Esquines, ni Demóstenes hablaron nunca con semejante elocuencia.

Sonrióse él al oir este ditirambo, y quitóse al mismo tiempo el sombrero, porque pasábamos por delante la iglesia de la Santa Faz, que es el pueblecillo que mas próximo hay de Alicante.

Caserío e iglesia de la Santa Faz, en las cercanías de Alicante
(El Museo Universal, 20 de junio de 1868)

Nota del blog Plinthus: Se observa en la Torre de Santa Faz la presencia de dos garitones
en lugar de los cuatro que presenta en la actualidad. 
 Aquí es, — dijo volviendo á tomar la palabra con grande espanto mio, y señalando la iglesia,— donde se conserva la reliquia que dá nombre á este caserío, veneradísima en toda la comarca.

Temia yo que mi compañero se engolfase en una nueva disertación académica, cuando vino afortunadamente á romper el hilo de su discurso, un bote del caballo que montaba, merced al cual estuvo á punto de besar el polvo que en la carretera habia. Tras del bote, arrojóse el animal á correr desesperadamente por un camino que hay á la salida del pueblo á la derecha mano: llamábame el ginete, y víme obligado á seguirle á escape, temeroso de que algo lamentable le sucediese, porque no era, en verdad , ningún maestro en equitación. Al fin, paró de correr su potro, y paré yo el mió, con lo que pudimos descansar un momento de la agitadísima carrera que, muy á pesar nuestro, habíamos emprendido. Nos hallábamos cerca del mar, y esta circunstancia nos movió á aproximarnos aun mas á él; anduvimos tranquilamente durante algunos minutos, y después de varias vueltas y revueltas, llegamos al lugar de la playa conocido en el país con el nombre de la Albufereta, cuyo sitio sirvió de pretesto á mi incansable orador para abrir de nuevo las puertas de su verbosidad, dando por ellas inmediata salida á todo lo que á continuación espongo.

— Antiguas crónicas aseguran que en estos lugares fue donde, en los pasados tiempos, hallábase asentada Alicante, llamada Lucentum por los romanos. Aquí, donde nada queda mas que ese charco de aguas no muy salubres, levantaríanse tal vez en las pasadas centurias soberbios edificios; tal vez sobre esa pequeña eminencia existiría algún anfiteatro, y mas allá un arco de triunfo; aquí, habría plazas y pórticos]famosos, y la vía pública atravesaría por en medio de la población, proveniente de Tarragona, ostentando de trecho en trecho las utilísimas piedras miliarias , ya usadas por los griegos. Y que todo cuanto diciendo estoy, no son meras figuraciones mías, sino que pudo muy bien haber sucedido, lo prueba el que en las escavaciones hechas en estos lugares, hánse encontrado multitud de monedas y de otros curiosísimos objetos, delicia de los anticuarios. Pero... — y al decir este pero quedó suspenso el orador con los ojos fijos en un punto determinado.— ¿Ves, dijo al calió de un momento, el objeto aquel que medio oculto entre las ruinas de ese paredón se muestra?...

Miré en la dirección que me indicaba y vi efectivamente un objeto de barro cocido.

— ¿Quién sabe, continuó él, sí la suerte nos tiene deparado para este día algún hallazgo feliz? ¿Qué alegría no fuera la nuestra si hubiésemos hoy, sin esfuerzo alguno de nuestra parte, topado de buenas á primeras con alguna de las preciosas antigüedades de que ahora mismo te hablaba? ¡Qué bueno fuera tropezar, como quien no dice nada, con algún ídolo fenicio, con algún vaso estrusco, ó con alguno de aquellos otros vasos llamados cráteras, ó con alguna ánfora romana, ó con alguna lámpara de nueva forma , que hiciese afluir á todos nuestros amigos , deseosos de examinarla, al gabinete en que la colocásemos!

Zumbón en grado superlativo parecíame que estaba el señorito R. ; pero si era zumba, la verdad es que supo llevarla formalmente hasta el último estremo, porque bajó de su caballo y estrajo de entre las ruinas, con el mayor cuidado posible, el ídolo fenicio, el vaso etrusco, la crátera, la ánfora romana y la lámpara de nueva forma que, como yo había presumido eran únicamente un pedazo de lebrillo roto , manufactura de Tibi, pueblo de la provincia.

Mordiéndose aquellos sus labios elocuentes , volvió á montar á caballo mi ilustrado amigo, y volvimos á tomar el camino de la ciudad, á la que regresamos en breve, sin que me dirigiese una sóla palabra mas, ya fuera porque el pasado chasco realmente le apesadumbrara, ó bien, y es lo mas probable, porque tuviera ya seca la garganta.


ANTONIO CAMPOS Y CARRERAS







Fuente: Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. 
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EL MUSEO UNIVERSAL

Considerada como la principal revista ilustrada española de mediados del siglo XIX. Fue fundada por José Gaspar Maritany. Aparece el 15 de enero de 1857, siendo sus números de ocho páginas y a tres columnas, como “periódico de ciencias, literatura, artes, industria y conocimientos útiles” e “ilustrado por los mejores artistas españoles con multitud de láminas y grabados”.

Sus artículos eran variados: costumbres, historia, viajes, arqueología, bellas artes, teatro, biografía, bibliografía, etc., pero también de creación literaria así como traducciones. Junto a los textos insertará grabados en madera. La imagen empezó a formar parte ya de la noticia.

El 28 de noviembre de 1869 fue su último número.


ANTONIO CAMPOS Y CARRERAS

Escritor alicantino (9 de noviembre de 1840 - 16 de octubre de 1870), se educó en Alicante y continuó sus estudios en Madrid, donde con veinte años de edad publicó sus Fábulas (1864). Sin duda, su temprana muerte, víctima de la fiebre amarilla, impidió al escritor alcanzar la gloria literaria.

Participó en “El Museo Universal” con siete colaboraciones.

Fuente: Universidad Autónoma de Barcelona. GICES XIX. Autor: Siwen Ning